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I NCLUSO en mis años de Las Vegas, el Último Lunes de Octubre ha sido algo sagrado para mí”. Habla un sacerdote diocesano de Ondarroa de 82 años, Txomin Solabarrieta, agarrado a la cintura de un vaso de txakoli, mientras hace recuento de sus visitas. “Desde 1955 he fallado sólo el tiempo de las Américas...”, subraya, mientras los recuerdos brotan. “Quizás fue la añoranza, pero en cierta ocasión le hablé a Frank Sinatra de este día y se quedó sorprendido...”.
¿A Sinatra? “Sí, iba con los pastores de Idaho, pero como hablaba cachupín, castellano, me enviaron a Las Vegas y allí le conocí. Le visitaba cada año...”.
Éste es el contagioso espíritu libre del Último Lunes de Octubre, un veneno que arrebata. Tomás se lanza mientras cimbrea su cintura al compás de la trikitixa y el gentío –más de 100.000 visitantes, según la gente del recuento...– va y viene entre los centenares de puestos. “Un puñado de sacerdotes teníamos un programa en Radio Arrate”, recuerda.
“Cada lunes.Recuerdo aquel año en que, terminada la emisión, llovía a mares. Era ya la media tarde del Último Lunes de Octubre y la tentación tiraba: hoy no. ¡Qué carajo! Cogí un chubasquero y me escapé hacia la feria: Una cerveza, ¡zas! y a casa. Le conté lo que había hecho a la anciana que nos atendía y exclamó ¡Gracias a Dios, al menos ha cumplido!”.Ayer cumplió de nuevo el ritual, acompañado por Bernar Zarraga, el librero de la calle Ledesma, y un buen puñado de amigos que tamborilean los dedos sobre el reloj. “Hay que ir a Gorozika a comer. Ponga, ponga que en alguna ocasión ha salido de allí a las ocho de la mañana...”, jalean sus compañeros, quienes añoran a Hermógenes, otro sacerdote fallecido este año y asiduo a la tradicional cita.
Cientos de historias como éstas, hasta llenar un cesto, recorren la encrucijada de calles que convierten Gernika en una sucursal del paraíso en la tierra. Los cerca de trescientos puestos despliegan todo el ajuar de la madre tierra mientras los visitantes – “diga usted que mucha gente pero poco plástico, poca bolsa para casa”, chistan desde un mostrador...– acarician las alubias, dejándolas de caer del puño sobre los sacos como si fuese oro. Pasa veloz el cocinero Juanan Zaldua, hasta que se frena en una barandilla para cascar una nuez –luego lo harán cientos...–, apenas a dos metros de la maquinaria agrícola –las todopoderosas New Holland están todas reservadas; se antojan las Ferrari de la huerta...–, auténticos caballos de hierro para decenas de niños que se ponen al volante de trilladoras y cosechadoras.
Una unidad adquirida por Bodegas Gurrutxaga de Mendexa recuerda, por su tamaño, a un animal prehistórico aunque los vendedores aseguran que se trata de “un último modelo”.
Josefina Olegi luce un elegante traje negro, rematado por un broche de plata mientras ofrece manzanas ácidas y txakoli Sasikoetxe, de Larrabetxu. Su atuendo llama la atención en mitad de un día de ropas de gala hasta que una cuadrilla pasa y la bautiza. ¡Es la reina de la fiesta!, gritan a coro mientras ellas regala sonrisas. Unos metros más allá, cuando Nekane Ramírez, Izaskun Agirre y Ohiana Bastegieta ya han cruzado el ecuador de una mañana cargada de botellas de sidra –no perdonarán el magret de pato, una joya oculta de la gastronomía de puestos, ni las visitas a bares históricos como El Boliña Viejo, la catedral de Gernika este día, Lagun Etxe, Aterpe, Arima y Muxutarrak entre otros...–, aparece Mari Carmen Salserain, hija de Elías, el ganadero de toros de Parada y de Nicolasa Uribe-Ganekoa. Muestra, a quien quiera verlo, fotografías de antiguos Lunes en los que aparece ella en su juventud o sus padres. “Diga usted que en 1974 ya ganábamos certámenes agrícolas”, grita a viva voz.
La fuente del Mercurio es uno de los corazones de la villa foral. A su frescor –el día fue caluroso, sin llegar al sofoco...– se escucharon las voces de los bertsolaris Andoni Egaña, Sebastián Lizaso, Maialen Lujanbio y Onintza Enbeitia, un par de horas antes de que Kepa Freire abriese la mano de par en par en nombre de Unai Campo, regente del Asador Porrue de Bilbao, para ofrecer cinco mil mortadelos por la mitad del queso ganador de de la subasta. “Era el techo de nuestro bolsillo. ¡Vaya cómo han apurado los barrabases!”, aseguraba el propioKepa, minutos después de que José Antonio Bastegieta, Marko (estuvo sembrado al dar la bienvenida a los carteristas...), enseñase el medio queso a los presentes desde las alturas, como quien enseña a un niño dios.
El espléndido reloj del Ayuntamiento marcaba las primeras horas del día y Florencio Aspiazu, ubicado en un rincón en el exterior de la plaza del mercado, ya llenaba bolsas con alubia de la Virgen – “Karlos Argiñano compra ésta”, aseguraba sin reparo...–, blanca de las Amescoas, alubia de Lodosa, la variedad cena del cura,VayaHuevos que tengo (de gallina, se entiende...), ajo rojo y ristras de cientos de pimientos choriceros, anchoas del Cantábrico y quesos del Ronkal.
Florencio es el último descendiente de una estirpe de comerciantes que comenzó en Eibar, allá por 1910, con una tienda de ultramarinos, El pastel vasco de Meabe y la bota desenfundada por el puesto Izoria como reclamo para los sedientos paseantes; la venta de goiti-beheras y el chocolate de Gorrotxategi, los turistas despistados que preguntaron por la Guardia Civil, ¡ay Dios, americanues!, guía en mano y cientos de productos del campo. Todo tuvo cabida en un día cuya tarde, ya en dura remontada, anunciaba el vuelo de la pelota en el frontón Jai Alai y el arraste de bueyes en el probadero de Lorategieta, preámbulo de una noche loca.
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